El primer café pagado apareció un martes de marzo, y Alba lo rechazó con la convicción de quien sabe que nadie, en toda Valencia, tiene motivos para invitarla a nada.
—Está pagado —insistió la camarera, una chica pelirroja con un piercing en la ceja y la paciencia agotada a las ocho y cuarto—. Un cortado para la chica del libro azul. Me lo dejaron dicho.
—Yo no tengo ningún libro azul.
—Pues alguien cree que sí.
La cafetería se llamaba La Tetera Rota, aunque allí casi nadie pedía té. Estaba en una esquina de Ruzafa, entre una frutería y una tienda de bicicletas, y tenía mesas de mármol desparejadas, plantas que colgaban del techo y un olor a tostado que se pegaba a la ropa durante horas. Alba entraba cada mañana desde hacía dos años, antes de coger el metro hacia la oficina, y siempre pedía lo mismo, se sentaba en el mismo taburete junto a la ventana y miraba pasar a la gente sin ver a nadie en concreto.
Aquel martes aceptó el cortado por no discutir. Le supo distinto, aunque probablemente fuera sugestión.
El miércoles, otro. El jueves, otro más, esta vez con una galleta de canela en el plato.
—¿Quién lo deja? —preguntó por fin el viernes.
La camarera, que se llamaba Nuria según la chapa, se encogió de hombros mientras limpiaba la máquina.
—Viene antes de que abramos al público. Deja el dinero en un sobre por debajo de la puerta, con una nota. Siempre la misma letra. Siempre pone lo mismo: Para la chica del libro azul. Que lo disfrute.
—¿Y por qué crees que soy yo?
—Porque eres la única que se sienta en ese taburete todos los días.
Alba pasó el fin de semana pensando en ello más de lo que estaba dispuesta a admitir. Imaginó a un admirador tímido, a un bromista, a un error de cálculo. Imaginó a otra chica, la verdadera, la del libro azul, que quizá se sentaba en ese mismo taburete por las tardes y no sabía que cada mañana alguien la recordaba con un café que se tomaba otra persona.
El lunes, antes de salir de casa, se detuvo frente a la estantería del salón. Buscó entre los lomos hasta encontrar uno: una vieja edición de poemas con tapas de tela azul cobalto, regalo de alguien a quien ya no veía.
Lo metió en el bolso.
En La Tetera Rota, Nuria la vio entrar, vio el libro sobre la barra y alzó una ceja. Luego, sin decir nada, le tendió el sobre de aquella mañana. Estaba abierto.
Dentro, además del dinero, había una nota distinta.
Ese no es el libro. Pero me alegra que por fin lo hayas intentado.
Fin del capítulo 1