Hay playas que se miden en kilómetros y otras que se miden en veranos, y la de Cala en Porter siempre ha sido de las segundas.
Nora lo pensó al bajar del coche de alquiler, con las gafas de sol subidas en la cabeza y el olor a pino y a crema solar golpeándole la cara como un recuerdo demasiado nítido. Veinte agostos. Veinte veces la misma escalera de piedra hasta la arena, los mismos acantilados con cuevas, el mismo chiringuito que cambiaba de dueño pero nunca de canción. Había aprendido a nadar en esa agua turquesa, a fumar a escondidas detrás de esas rocas, a llorar por primera vez por alguien que no era de su familia.
Ese alguien, por supuesto, era Javi.
Se conocieron con ocho años, peleándose por un cubo rojo en la orilla. Él era de Mahón y venía con su abuelo a pescar. Ella llegaba cada uno de agosto desde Madrid con sus padres y se marchaba el treinta y uno con la piel tostada y una lista de cosas que contarle al verano siguiente. Durante el resto del año no se escribían. Era una regla que nunca habían pactado en voz alta, pero que ninguno de los dos se había atrevido a romper.
—Agosto es nuestro —le dijo él una vez, con quince años y la voz recién cambiada—. El resto del calendario, que se lo quede quien quiera.
Nora bajó la escalera despacio. La arena quemaba incluso a las siete de la tarde. Se quitó las sandalias y, sin querer, se miró la mano izquierda. El anillo brillaba bajo el sol menorquín con una insolencia que en Madrid no tenía. Un diamante pequeño, discreto, elegido por Álvaro en una joyería de la calle Serrano con la misma eficacia con la que elegía todo lo demás.
Se casaban en octubre. Lo había decidido en enero, en una cena tranquila, sin sobresaltos. Y había venido a Menorca, se dijo, a despedirse. De la playa, de la casa, de la niña del cubo rojo.
Lo vio antes de que él la viera. Estaba sentado en las rocas del final de la cala, donde siempre, con los pies en el agua y una camiseta descolorida. Más ancho de hombros. Con alguna cana en la barba. El mismo modo de mirar el horizonte, como si esperara algo que venía por mar.
Javi se volvió. Sonrió. Luego bajó la vista hasta su mano y la sonrisa se le quedó a medio camino.
—Nora —dijo, poniéndose en pie—. Llevo veinte años queriendo hacerte una pregunta. Y este verano pensaba hacértela de una vez.
Fin del capítulo 1