La primera nota apareció en un ejemplar de Cien años de soledad con la tapa despegada, y Julia estuvo a punto de tirarla a la papelera pensando que era una lista de la compra.
Era un papel pequeño, cuadrado, de esos que se arrancan de un taco amarillo. Estaba pegado justo en la página doce, en el margen, con una letra inclinada y elegante que parecía escrita con pluma estilográfica: Si has llegado hasta aquí, ya no tienes excusa para dejarlo. Lo mejor empieza en la página trece.
Julia lo leyó dos veces en el autobús de vuelta al Albaicín, con el libro abierto sobre las rodillas y la nariz casi pegada al cristal. Luego sonrió, despegó el papelito con cuidado y lo guardó en la funda del móvil, sin saber muy bien por qué.
Había comprado el libro esa misma tarde en La Hoja Perdida, una librería de segunda mano escondida en una cuesta de la calle Elvira, entre una tetería y una tienda de lámparas marroquíes. Era un local estrecho y profundo, con estanterías hasta el techo y un olor a papel viejo que a Julia le recordaba a la casa de su abuela. Iba allí casi todos los jueves, al salir del trabajo, desde que se había mudado a Granada hacía un año y medio. Nunca hablaba con nadie. El librero, un hombre mayor con chaleco de punto, se limitaba a cobrarle y a envolverle los libros en papel de estraza.
La semana siguiente compró una novela de Galdós. En la página doce había otra nota.
Este es mejor leerlo despacio. Como se pasea por el Paseo de los Tristes: sin prisa y mirando hacia arriba.
Julia se quedó quieta en mitad de la acera. No podía ser casualidad. Alguien había dejado esas notas en libros que acabarían en sus manos. Alguien que sabía qué libros iba a elegir, o que los elegía por ella.
Durante tres días no hizo nada. Al cuarto, se sentó en la mesa de la cocina, cogió un bolígrafo y un pósit azul, y escribió con letra más torpe de lo que le habría gustado:
¿Quién eres?
Lo pegó en la página doce de un libro de poemas de Lorca y, el jueves, aprovechando que el librero estaba de espaldas, lo devolvió a su estantería.
El jueves siguiente, nada más entrar en La Hoja Perdida, vio que el libro de Lorca ya no estaba. En su lugar había otro, colocado con la portada hacia fuera para que no pudiera pasarlo por alto.
Lo abrió por la página doce con el corazón acelerado.
Eso no vale. Si te lo digo, se acaba el juego. Y yo todavía no quiero que se acabe.
Fin del capítulo 1