Martina llevaba siete años fotografiando el día más feliz de la vida de otras personas, y había aprendido a no creerse ni uno solo.
No era cinismo; era estadística. Desde el objetivo se veían cosas que los invitados no veían: la novia que buscaba con la mirada a alguien que no era el novio, el padrino que bebía un poco antes de la cuenta, la suegra que sonreía con todos los dientes y ninguna gana. Martina lo capturaba todo y luego, en el ordenador, borraba lo que sobraba. Su trabajo consistía en eso, en decidir qué parte de la verdad merecía quedarse en el álbum.
Aquel primer sábado de abril llovía sobre Valencia con esa lluvia fina que no moja del todo pero que encrespa el pelo y estropea los planos de exterior. La boda era en la iglesia de San Juan del Hospital, con sus muros de piedra y su patio de naranjos, y Martina llegó una hora antes para medir la luz. Fue entonces cuando lo oyó.
Alguien tocaba el violonchelo en el coro. No era la marcha nupcial ni el Canon de siempre, sino algo lento y algo triste, una melodía que parecía estar buscando su sitio entre las columnas.
Levantó la cámara por instinto. A través del visor encontró a un hombre de unos treinta y tantos, camisa blanca remangada, el pelo oscuro cayéndole sobre la frente. Tocaba con los ojos cerrados, como si la iglesia estuviera vacía. Como si ella no estuviera allí.
Disparó una vez. El clic sonó enorme bajo la bóveda.
El músico dejó de tocar y abrió los ojos. La miró desde arriba sin ninguna prisa, y Martina sintió algo que hacía mucho que no sentía en una boda: que la estaban viendo a ella.
—Esa foto no se la vas a dar a los novios —dijo él. No era una pregunta.
—Depende de cómo salga.
—Sale bien. Lo sé por la cara que has puesto.
Martina bajó la cámara, molesta consigo misma.
—¿Y tú quién eres?
—Teo. El que toca cuando los novios entran y cuando salen. Lo de en medio no me incumbe —dijo, y se encogió de hombros—. A ti te he visto en otras bodas. Siempre te pones en el mismo sitio, a la izquierda del altar, junto a la segunda columna.
—Es donde mejor entra la luz.
—Ya —sonrió—. Yo creía que era para no tener que mirar a nadie a los ojos.
Las puertas se abrieron y entraron los primeros invitados, sacudiendo los paraguas y riendo. Martina se dio la vuelta y volvió a su columna sin contestar, con la cara ardiendo.
No miró la foto hasta la noche, ya en casa, con la lluvia golpeando el cristal. Teo tenía razón: había salido bien. Demasiado bien.
En la agenda, los siete sábados siguientes estaban marcados con la misma iglesia.