El correo llegó a las 03:12 de la madrugada, y lo que más inquietó a Elena Ruiz no fue el asunto, sino el remitente: ella misma.
Estaba sola en la sala de operaciones del Centro de Respuesta, en la sexta planta de un edificio de cristal junto a la Castellana, rodeada de pantallas que mostraban mapas de tráfico de red como constelaciones nerviosas. Llevaba once horas de turno, dos cafés de máquina y un dolor sordo detrás de los ojos. Al principio pensó que era una suplantación. Lo veía cada semana: alguien falsificaba la cabecera, ponía tu dirección como origen y esperaba a que abrieras el adjunto por curiosidad.
Pero no había adjunto. Y la cabecera no estaba falsificada.
Elena la analizó tres veces. Los servidores de salida eran los del Centro. La firma digital era la suya, la que llevaba en una tarjeta criptográfica colgada del cuello y que nunca, jamás, se quitaba. Los registros de envío eran limpios, coherentes, perfectos.
Salvo por la fecha. El correo había sido enviado el jueves a las 07:48. Hoy era lunes.
—Vale —murmuró en voz alta, para oírse—. Vale. Piensa.
Un error de reloj en algún servidor intermedio. Un fallo de sincronización. Una broma de alguien de sistemas con demasiado tiempo libre. Había media docena de explicaciones razonables y ninguna encajaba con lo que decía el cuerpo del mensaje.
Lo leyó despacio. Era su estilo, sin duda: frases cortas, sin saludos, con la manía de numerar los párrafos. Describía un ataque coordinado contra el sistema de señalización del metro de Madrid. Línea 6, entre Nuevos Ministerios y Avenida de América. Hora exacta, 08:15 del jueves. Mencionaba la vulnerabilidad concreta que se explotaría, un fallo en un módulo de control que Elena había señalado en un informe interno tres meses atrás y que nadie había parcheado. Mencionaba nombres de compañeros. Mencionaba el color de la chaqueta que ella llevaría puesta.
El último párrafo no estaba numerado.
No se lo digas a Garrido. No se lo digas a nadie del Centro. Lo intenté y no sirvió de nada. Esta vez hazlo tú sola.
Elena se apartó de la mesa. Las pantallas seguían latiendo a su alrededor, indiferentes. En el pasillo, la luz automática se encendió sola, como si alguien hubiera pasado, y volvió a apagarse.
Pensó en llamar a su jefe. Pensó en borrar el correo, apagar el ordenador e irse a casa a dormir. Pensó en lo que dirían en la reunión de seguridad si aparecía con aquella historia.
Entonces su bandeja de entrada emitió un aviso suave.
Un segundo mensaje. Mismo remitente. Fecha: miércoles, 23:59.
El asunto solo decía: Ya lo has leído. Ahora te están mirando.
Fin del capítulo 1