Libro de ejemplo. Autor, texto y votos son ficticios: sirven para que veas cómo funciona Capítulo1. No compite en el ranking. Ver los libros que compiten

Portada de Promesas de agosto
Romántica 236 páginas Ejemplo74 votos ficticios

Promesas de agosto

de Celia Montalbán

Un pueblo de Cádiz, unas fiestas de agosto y una promesa hecha a los catorce años: si a los treinta seguían solteros, se casarían. Ha llegado el verano de los treinta y Rocío no esperaba que Manuel se acordara.

Lectura gratuita

Capítulo 1

En el pueblo de mi abuela, las promesas que se hacen en agosto tienen la mala costumbre de cumplirse.

Eso decía ella, al menos, sentada en la puerta de casa con el abanico de nácar y la mirada clavada en la calle Real, por donde cada verano bajaba media Andalucía a celebrar las fiestas de la Virgen. Yo me reía, claro. A los catorce años una se ríe de casi todo, sobre todo de las cosas que luego acaban pasando.

Ahora tengo treinta, un contrato temporal en una gestoría de Sevilla, una planta de potos que sobrevive por pura cabezonería y ningún novio. Y estoy otra vez aquí, en Zahara de los Atunes, con el levante despeinándome y la maleta atascada en los adoquines de la plaza.

—¡Rocío, hija, que llegas tarde para el pescaíto! —gritó mi tía Encarna desde el balcón.

—Llevo aquí cinco minutos, tita.

—Pues eso, tarde.

Arrastré la maleta hasta la puerta verde de siempre. Olía a jazmín, a sal y a fritura, que es exactamente a lo que tiene que oler el mes de agosto en la provincia de Cádiz. Mi abuela ya no estaba en la silla de enea. Hacía dos años que no estaba en ninguna parte, y sin embargo me pareció oír el clic del abanico al cerrarse.

Dentro, la casa era un hervidero de primas, sobrinos y vecinas que entraban sin llamar. Alguien me puso un plato de chocos en la mano. Alguien me preguntó si seguía soltera, con ese tono de pésame que reservan las señoras del pueblo para las mujeres de mi edad. Sonreí y dije que sí, que soltera y encantada.

Fue entonces cuando mi prima Lucía me agarró del brazo y me arrastró al patio.

—No te lo vas a creer.

—Me lo creo todo, Lucía. Llevo un día horrible.

—Ha vuelto Manuel.

Se me atragantó el choco. Manuel Castro. El nieto del farero. El niño flaco con el que me pasé todos los veranos de mi infancia saltando desde el espigón y robando higos del cortijo de los Pacheco. El mismo que, la última noche de las fiestas del año en que cumplimos catorce, me hizo jurar sobre una concha de coquina una tontería que yo había enterrado hacía siglos.

—Bueno, ¿y qué? —dije, haciéndome la digna.

Lucía sonrió con todos los dientes.

—Que ha preguntado por ti. Y que ha traído la concha.

Fin del capítulo 1

Foto de Celia Montalbán

Sobre el autor

Celia Montalbán

Maestra en Cádiz. Escribe comedias románticas con mucho levante, mucho sol y muchas abuelas metiendo baza.