En la estación orbital Kepler nadie olvidaba nada por accidente: si querías perder un recuerdo, tenías que pagar a alguien como Mía.
Su consulta estaba en el anillo tres, entre una tienda de reparación de prótesis y un puesto de fideos que nunca cerraba. No tenía cartel. Los clientes llegaban por recomendación, casi siempre de noche, y se sentaban en el sillón reclinable con la misma mezcla de alivio y vergüenza con que la gente entra en un confesionario. Mía les colocaba la diadema de cristal en las sienes, les pedía que respiraran despacio y buscaba en la pantalla la escena que querían arrancarse.
Una discusión. Un funeral. Una cara. Siempre había una cara.
Luego cortaba con precisión, como quien quita una mancha de una tela sin estropear el bordado. El recuerdo extraído quedaba almacenado en una cápsula transparente, del tamaño de una lágrima, y la cápsula se vendía después en el mercado del anillo cinco. Había gente que pagaba mucho por vivir los primeros besos de otros, sus viajes, sus victorias. Y otra gente, menos recomendable, que pagaba aún más por los recuerdos tristes.
Mía no preguntaba adónde iban. Era una de sus reglas. La otra era no mirar nunca más de lo necesario.
Aquella noche, su última clienta fue una mujer mayor, con el pelo plateado recogido en una trenza y unas manos que no dejaban de temblar.
—Quiero borrar un día —dijo—. Solo uno. Hace veintidós años.
—¿Sabe qué día?
—Lo sabrá usted cuando lo vea.
Mía ajustó la diadema. La pantalla se llenó de imágenes borrosas que poco a poco cobraron forma: una playa de arena gris, un cielo de verdad, azul, con nubes. La Tierra. Mía solo la había visto en documentales. Nadie nacido en Kepler había pisado nunca un planeta.
En el recuerdo, la mujer, mucho más joven, caminaba descalza por la orilla. Llevaba de la mano a una niña de unos cinco años con un vestido amarillo. La niña se reía y señalaba algo en el agua.
Mía se inclinó hacia la pantalla, con el dedo sobre el botón de corte, y entonces la niña se volvió y miró directamente hacia la memoria, hacia ella.
Tenía un lunar junto al ojo izquierdo. Tenía las orejas un poco separadas y una cicatriz en la barbilla, pequeña y blanca, idéntica a la que Mía se había hecho a los siete años al caerse en el anillo dos.
Era ella.
Mía apartó la mano del botón. La mujer del sillón abrió los ojos y la miró, sin sorpresa, como si llevara media vida esperando ese momento.
—Por fin —susurró—. Te ha costado encontrarme.
Fin del capítulo 1