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Portada de Nadie te buscará en Lisboa
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Nadie te buscará en Lisboa

de Rocío Andújar

Una traductora española huye a Lisboa con un nombre falso y una maleta llena de dinero que no es suyo. Durante tres semanas todo va bien. Luego alguien deja en su puerta una traducción al portugués de su propio diario.

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Capítulo 1

El dinero olía a sótano, y durante tres semanas fue lo único de mi vida que no me dio miedo.

Lo guardaba bajo la cama, en la misma maleta azul con la que había bajado del tren en Santa Apolónia, envuelto en bolsas de supermercado como si fuera ropa sucia. Doscientos cuarenta mil euros en billetes de cincuenta. No los había contado más que una vez, la primera noche, con las manos temblando y la persiana bajada; después decidí que contarlos era una forma de admitir que existían.

En Lisboa me llamaba Helena Marques. Lo decía en voz baja frente al espejo del baño, cada mañana, hasta que dejó de sonarme a disfraz. Helena Marques alquilaba un tercero sin ascensor en la Rua dos Remédios, en Alfama, pagaba en efectivo y no tenía pasado. Clara Ibarra, en cambio, tenía un piso embargado en Valladolid, un contrato roto con una editorial y un hombre que a esas horas ya habría descubierto que su caja fuerte estaba vacía.

Aprendí deprisa las costumbres de una mujer invisible. Comprar el pan en sitios distintos. No sentarme nunca de espaldas a la puerta. Subir al tranvía 28 solo cuando iba lleno de turistas, porque entre tanta gente que mira hacia fuera nadie mira hacia dentro. Por las tardes traducía, por puro hábito, cualquier cosa que encontrara: carteles, menús, avisos de la junta de freguesia. Traducir me calmaba. Era como poner orden en un idioma cuando no podía ponerlo en mi vida.

La vecina del segundo, doña Albertina, me saludaba desde su ventana con una familiaridad que al principio me asustó y luego empezó a gustarme.

—A menina não é daqui —me dijo un día, sin pregunta.

—Ya no soy de ningún sitio —le contesté, y ella se rio como si hubiera dicho algo muy gracioso.

El jueves de la cuarta semana volví a casa con una bolsa de naranjas y la sensación tonta de que podía quedarme allí para siempre. Subí los tres pisos contando los escalones, como siempre. Sesenta y dos.

En el felpudo había un sobre de papel manila, grueso, sin sello ni remite. Dentro, un fajo de folios grapados, impresos con una tipografía elegante. Leí la primera línea en el rellano, todavía con las naranjas colgando de la muñeca.

Hoje decidi que, se fugir, não levarei nada que me lembre dele.

Tardé unos segundos en entenderlo. No porque mi portugués fallara, sino porque esa frase la había escrito yo, en castellano, en un cuaderno de tapas negras que creía haber quemado en Valladolid.

Alguien había traducido mi diario. Y lo había hecho muy bien.

Fin del capítulo 1

Foto de Rocío Andújar

Sobre el autor

Rocío Andújar

Traductora literaria entre Badajoz y Lisboa. Conoce bien las dos orillas del Guadiana y todos sus escondites.