A las tres y diez de la madrugada, Valencia deja de ser una ciudad y se convierte en una confesión.
Lo aprendí el primer invierno, cuando todavía creía que conducir de noche consistía en esquivar a borrachos y cobrar con datáfono. Ahora sé que el taxi es un confesionario con ruedas y que el asiento de atrás tiene algo de diván: la gente se sienta, mira por la ventanilla las farolas de la avenida del Puerto y, sin que nadie se lo pida, empieza a hablar.
Me llamo Amparo Ferrer, tengo cuarenta y tres años y llevo nueve conduciendo el mismo Toyota blanco con la licencia de mi padre. Él decía que de día se transporta gente y de noche se transportan secretos. Yo pensaba que era una frase de las suyas, de esas que soltaba para parecer más sabio de lo que era. Tardé en entender que tenía razón.
Aquella noche de octubre llovía con esa lluvia fina que en Valencia nadie se toma en serio hasta que inunda los bajos. Recogí a un hombre en la esquina de Ruzafa con la calle Sueca. Traje oscuro, sin paraguas, un ramo de claveles empapado entre las manos.
—Al cementerio general —dijo.
—Está cerrado a estas horas.
—Ya lo sé. Usted lléveme a la puerta.
No pregunté. En este oficio se aprende pronto que las preguntas tienen un precio y que casi nunca lo paga el cliente. Arranqué, puse la radio bajita y dejé que el limpiaparabrisas marcara el compás.
Fue al pasar por la plaza de España cuando empezó a hablar. Me contó que cada año, la misma noche, llevaba flores a una mujer que no era su esposa. Que nadie en su familia conocía su nombre. Que ella había muerto hacía veintiocho años en un accidente en la carretera de Alicante y que él iba de copiloto.
Lo dejé frente a la verja cerrada. Me pagó con un billete de veinte y no quiso el cambio.
Esa misma madrugada, aparcada en la gasolinera de Tres Forques, saqué la libreta de tapas negras que llevaba meses en la guantera sin estrenar y escribí su historia entera, con sus pausas y sus silencios. Me pareció justo que alguien la guardara.
Lo que no supe hasta mucho después, cuando ya había llenado tres libretas, fue que aquella mujer de la carretera de Alicante tenía un nombre que yo conocía muy bien. Era el de mi madre.
Fin del capítulo 1