La primera carta llegó un lunes de febrero, metida entre la factura de la luz y el folleto de un supermercado, y Tomás Albarracín la abrió sin gafas porque todavía no sabía que iba a necesitarlas para el resto de su vida.
Era un sobre blanco, sin remitente, con la dirección escrita a máquina. Dentro, una cuartilla doblada en tres. Un solo nombre, en mayúsculas: JOSÉ ANTONIO REQUENA MOLINA.
Tardó unos segundos en ubicarlo. Treinta y un años en la carrera judicial dejan muchos nombres en la memoria, y casi todos se parecen. Pero aquel tenía una cicatriz propia. Requena, el del atraco a la joyería de la calle Trapería, en Murcia. Mil novecientos noventa y seis. Doce años de condena. Un acusado que lloró en la sala y repitió hasta quedarse ronco que esa noche estaba en casa de su madre.
Tomás dejó la carta sobre la mesa de la cocina y se preparó un café. No le dio más importancia. Un antiguo condenado con ganas de recordarle que existía, pensó. Había recibido cosas peores.
El martes, la radio dio la noticia mientras desayunaba.
Una prueba de ADN, conservada durante décadas en un almacén judicial, acababa de demostrar que José Antonio Requena no había estado en aquella joyería. El verdadero autor había muerto en 2004. La Fiscalía pedía la revisión de la condena y una indemnización. El locutor pronunció el nombre del juez que había dictado la sentencia con una neutralidad que a Tomás le sonó como una bofetada.
El lunes siguiente llegó otra carta. Otro nombre. El miércoles, otro titular.
Al tercer lunes, Tomás ya no bajaba a por el correo: esperaba al cartero detrás de la cortina del salón, con el corazón golpeándole en las costillas como un puño en una puerta. Alguien estaba entrando en su pasado y abriendo, uno por uno, los cajones que él había cerrado con llave. Alguien que tenía acceso a expedientes, a pruebas archivadas, a testigos olvidados. Alguien paciente.
—Son casos antiguos, papá —le dijo su hija por teléfono—. Te equivocarías, como se equivoca todo el mundo. No es un delito.
Él no contestó. No le dijo que, de joven, había aprendido que la verdad no siempre es lo que más conviene a la justicia.
El cuarto lunes llovía. El sobre estaba un poco mojado por una esquina. Tomás lo abrió de pie, en el recibidor, con las manos frías.
Esta vez no había un nombre en mayúsculas. Solo una frase, escrita a mano con una letra que conocía demasiado bien:
Ahora te toca a ti.
Y la letra era la suya.
Fin del capítulo 1