Nao tenía quince años la primera vez que vio las estrellas moverse en la dirección equivocada.
No fue un descubrimiento heroico. Fue un error de limpieza. Le habían asignado el turno de mantenimiento en el mirador de proa, el lugar más antiguo de la Esperanza, donde las placas de cristal tenían un siglo de arañazos y nadie subía salvo para las ceremonias de aniversario. Su trabajo era sencillo: retirar el polvo de los sensores, comprobar las juntas, anotar cualquier fisura en la tableta. Lo había hecho cuarenta veces.
Pero aquella noche, si es que en la nave podía hablarse de noches, alguien había dejado activada la superposición de la carta estelar antigua. Las líneas verdes del rumbo original flotaban sobre el cristal como un dibujo infantil. Y las estrellas reales, las de verdad, no coincidían con ellas.
Nao se quedó quieta, con el trapo en la mano.
En la escuela les enseñaban el rumbo desde pequeños. Lo cantaban, incluso: una canción tonta con los nombres de las estrellas guía, una tras otra, hasta llegar a Nueva Aurora, el planeta azul que sus bisabuelos habían visto en un telescopio y que ninguno de los que vivían a bordo vería jamás. La cuarta generación. La generación del camino, como decía la capitana Ilse en los discursos. Nosotros no llegaremos, pero nuestros hijos sí. Y eso basta.
Eso bastaba para todos. La Esperanza entera vivía de esa frase. La gente se casaba, trabajaba en los invernaderos, enterraba a sus muertos en el reciclador con una oración por los que pisarían tierra firme.
Nao pidió al sistema que calculara la diferencia entre ambas rutas. Esperaba un margen pequeño, una corrección rutinaria.
El ordenador tardó un segundo en responder.
Desviación acumulada: 31,4 grados. Fecha de modificación del rumbo: ciclo 2117.
Nao repasó la cifra dos veces. El ciclo 2117 era hacía exactamente cien años. Antes de que naciera su abuela. Antes de que naciera la abuela de su abuela, casi.
—Eso no puede ser —dijo en voz baja, aunque no había nadie para oírla.
Tecleó una nueva consulta: autor de la modificación. El sistema mostró un mensaje que no había visto nunca, en letras rojas que parpadeaban sobre el cristal.
Acceso restringido. Nivel de autorización requerido: Consejo Fundador.
El Consejo Fundador llevaba un siglo disuelto. Todos sus miembros estaban muertos.
Nao apagó la superposición con la mano temblorosa. Las estrellas volvieron a ser solo estrellas, indiferentes y lejanas. Recogió el trapo, la tableta, el cubo. Se dio la vuelta para marcharse.
En la puerta del mirador, con los brazos cruzados y una expresión que Nao no supo leer, estaba su abuelo.
—Así que ya lo has visto —dijo.
Fin del capítulo 1