La luz del faro norte llevaba once años apagada, pero la noche en que enterraron a su padre las tres hermanas la vieron girar sobre el mar.
Fue solo un instante. Un barrido blanco que pasó por encima del cementerio de Luarca, rozó las lápidas, iluminó los paraguas negros y se perdió hacia el Cantábrico. Marina, la mayor, lo atribuyó a un coche en la carretera de la costa. Elvira, la mediana, dijo que sería un reflejo de la tormenta que venía. Candela, la pequeña, no dijo nada, porque ella sabía perfectamente quién había subido esa tarde los ciento cuarenta y dos escalones de la torre con la llave que su padre guardaba en una lata de galletas.
El notario las citó al día siguiente en un despacho que olía a radiador y a papel antiguo. Leyó el testamento con la voz monótona de quien ha leído muchos, y solo levantó la vista al llegar a la parte importante.
—El faro, la casa del torrero y la finca anexa pasan a las tres, a partes iguales. Con una condición: ninguna podrá vender su parte sin el consentimiento de las otras dos.
Marina dejó escapar el aire por la nariz, un sonido corto que en su familia equivalía a un portazo.
—Muy propio de papá. Atarnos hasta después de muerto.
—Yo no lo veo así —dijo Elvira, que ya había sacado el móvil y estaba mirando algo—. ¿Sabéis lo que pagaría la gente por dormir en un faro? Seis habitaciones, vistas al mar, desayuno con productos de la zona...
—Nadie va a dormir en el faro —la interrumpió Candela.
Las otras dos se volvieron hacia ella. Candela tenía treinta y cuatro años, pero en ese momento, con el abrigo de su padre puesto y las manos metidas en las mangas, parecía otra vez la niña que se escondía en el cuarto de la lámpara cuando discutían en la cocina.
—Yo vivo allí —añadió—. Me quedo.
—No puedes quedarte, Cande. No hay ni calefacción.
—Hay chimenea.
El notario carraspeó, recogió sus papeles y les deseó suerte con un tono que sonó más bien a pésame.
Cuando salieron a la calle, el cielo se había vuelto de un color de pizarra mojada. En la radio del bar de enfrente, alguien subió el volumen: aviso rojo en toda la costa occidental, olas de nueve metros, carreteras cortadas a partir de esa noche. Cinco días, por lo menos.
Marina miró el reloj, pensando en su vuelo a Madrid. Elvira miró el móvil, pensando en sus reservas. Candela miró hacia el cabo, donde el faro esperaba, oscuro y paciente.
Ninguna de las tres sabía todavía que su padre había dejado algo más que un testamento. Lo había escondido en la linterna, y llevaba once años esperando a que lo encontraran juntas.
Fin del capítulo 1