En Valdelosa los muertos se entierran lejos del tejo, y los vivos procuran no mirarlo al pasar.
La guardia Carmen Robles lo sabía desde su primera semana en el puesto, cuando el cabo Arias la llevó a dar una vuelta por los pueblos de la comarca y se detuvo, sin motivo aparente, junto al muro del cementerio. El árbol asomaba por encima de las tapias como una sombra que hubiera decidido quedarse. Tenía el tronco hueco, retorcido, de un color rojizo que en invierno parecía casi negro.
—Dicen que tiene mil años —le dijo Arias—. Yo no me lo creo. Pero tampoco me enterraría debajo.
—¿Por qué?
El cabo encendió un cigarro y tardó en contestar.
—Porque aquí la gente es muy suya. Y porque hay cosas que es mejor no preguntar en voz alta.
Eso había sido en junio. Ahora era finales de octubre, la niebla subía cada mañana desde el río y Carmen, con veintiséis años y apenas cuatro meses de destino en la montaña leonesa, seguía sin entender a la gente de allí. Hablaban poco, saludaban menos y la miraban con esa mezcla de cortesía y desconfianza que se reserva a los forasteros y a los uniformes.
La llamada entró a las siete y cuarto. Era Benigno, el sacristán, y hablaba tan deprisa que Carmen tuvo que pedirle tres veces que repitiera.
—En el tejo —logró entender al fin—. Hay alguien en el tejo.
Arias estaba de baja por la espalda y el sargento, en León, en una reunión. Así que fue ella sola, con el todoterreno patinando en las curvas y la niebla pegada al parabrisas.
Cuando empujó la verja oxidada del cementerio, el silencio era tan denso que podía oírse el goteo de la humedad en las lápidas. Avanzó entre las tumbas, despacio. Y entonces lo vio.
Un hombre mayor estaba sentado al pie del árbol, con la espalda contra la corteza y la barbilla caída sobre el pecho. Una cuerda gruesa, de las que se usan para atar el ganado, le daba varias vueltas alrededor del torso y del tronco. Parecía dormido. No lo estaba.
Carmen lo reconoció enseguida: era Eladio Fierro, el hombre que le vendía la leche cada mañana.
Se agachó para examinar la cuerda sin tocarla. Fue al levantar la vista cuando se fijó en la corteza, justo por encima de la cabeza del muerto. Alguien había grabado allí, con una navaja, una hilera de nombres.
El último aún tenía la madera fresca.
Era el suyo.
Fin del capítulo 1