Ilyana robó la corona sin saber que era una corona, y por eso, cuando se la pusieron en la cabeza, lo único que pudo pensar fue que pesaba muchísimo menos que un saco de sal.
Había entrado en la tienda real del campamento de Qasr al anochecer, mientras los guardias celebraban el fin del ayuno con vino de dátiles. Buscaba algo pequeño, fácil de esconder y de vender en el mercado de Hamrat: una copa, un anillo, una de esas cajitas de plata donde los nobles guardaban la sal blanca, la buena, la que se pagaba a peso de oro. Encontró un aro de metal oscuro, sin piedras, envuelto en un paño de lino. Le pareció una pulsera vieja. Lo metió en el morral y salió por el corte que había hecho en la lona.
No llegó lejos. A los pocos pasos la rodearon cuarenta jinetes con las caras cubiertas, antorchas en alto, y una anciana con los ojos pintados de azul se acercó a ella con la solemnidad de quien ha esperado toda la vida ese instante.
—Ella lo tiene —dijo la anciana—. El aro ha elegido.
Ilyana abrió la boca para explicar que el aro no había elegido nada, que lo había cogido ella con sus propias manos y bastante prisa, pero alguien le arrebató el morral, sacó el aro y se lo colocó en la frente. Los jinetes desmontaron a la vez. Cuarenta rodillas tocaron la arena.
—Larga vida a la reina de los caminos de sal —gritaron.
Y el desierto, que nunca se callaba, se quedó en silencio.
Así, en menos tiempo del que se tarda en ensillar un camello, una huérfana que había crecido entre caravanas, que dormía al raso y sabía leer las dunas mejor que las letras, se convirtió en soberana de siete tribus, doce oasis y todas las rutas que cruzaban el Mar Blanco.
La llevaron a una tienda más grande que cualquier casa que hubiera conocido. Le dieron agua perfumada, ropas de seda azul y un trono de madera de acacia. Le explicaron que la coronación oficial sería al cumplirse un año, en la gran asamblea, cuando los jefes de las tribus la reconocieran ante el pozo sagrado. Hasta entonces, nadie debía dudar.
Cuando por fin la dejaron sola, Ilyana se quitó el aro con dedos temblorosos y lo miró a la luz del candil, preguntándose cuánto tardaría en terminar colgada de una palmera.
Entonces oyó una voz a su espalda, tranquila y muy fría.
—Te queda bien —dijo un joven, saliendo de entre las sombras—. Lástima que sea mía.
Fin del capítulo 1