La primera tormenta que Greta metió en un bote fue la del entierro, y nadie se dio cuenta porque todos estaban mirando el cielo.
Greta
Fue fácil. Mamá siempre decía que las cosas difíciles parecen difíciles solo hasta que las haces. Me puse detrás del ciprés más gordo del cementerio, desenrosqué la tapa del bote de mermelada de melocotón, que había lavado tres veces para que no oliera, y esperé al trueno. Cuando sonó, cerré. Rápido, como cuando atrapas una mosca. Dentro se quedó un poco de gris, un poco de olor a tierra mojada y un ruido muy pequeño que solo oigo yo si me acerco el cristal a la oreja.
Ahora tengo catorce botes en la estantería de mi cuarto. Les pongo etiquetas con la fecha y el nombre, porque las tormentas, como las personas, no son todas iguales. Está la del 3 de marzo, que fue gruñona. La del día de mi cumpleaños, que llegó tarde y se fue sin despedirse. Y la del entierro, que se llama Mamá, aunque eso no se lo he contado a nadie.
Papá cree que es una fase. Lo sé porque se lo dijo a la tía Núria por teléfono, en la cocina, con la voz de cuando piensa que no le oigo.
Andreu
Precipitación acumulada en lo que va de año: 412 litros por metro cuadrado. Días con aparato eléctrico registrados en la estación del Observatorio: diecinueve. Es un dato normal para Girona, ni alto ni bajo. Lo he comprobado cuatro veces.
Lo que no es normal es que mi hija salga corriendo al jardín cada vez que el radar marca una célula convectiva. Ni que conozca la palabra convectiva. Ni que, cuando le pregunto qué hace con esos botes, me mire con una paciencia que no tiene ninguna niña de once años.
—Las guardo, papá.
—¿Para qué, cariño?
—Para que no se pierdan.
He leído artículos sobre el duelo infantil. Tengo una carpeta en el ordenador con el nombre DUELO_G, como si fuera un informe. Allí dicen que los niños necesitan rituales, objetos de transición, rutinas. No dicen nada de tormentas.
Esta noche el modelo europeo prevé un frente muy activo entrando por el Empordà a partir de las tres de la madrugada. Rachas de noventa kilómetros por hora. Aviso naranja.
He apagado el ordenador antes de que Greta pudiera ver la pantalla. Luego he subido a su cuarto para darle las buenas noches y he encontrado la cama vacía, la ventana abierta y, sobre la almohada, un bote nuevo, todavía sin etiqueta, mucho más grande que los demás.
Fin del capítulo 1