Me gusta cómo me deja las uñas la señora Li. Además, es discreta. El primer día que le dije como quería que quedara la tela especial por debajo de la uña, asintió sin decir nada y hasta el día de hoy lo hace igual. Como si trabajara para otros con mi “especialidad”.
Le pago, ella asiente. Siempre asiente. Ya sea porque no tiene ni papa de español o porqué al hablar podría revelar algo. Me sonríe solo con los ojos y me marcho.
El sol brilla demasiado y tardo unos segundos en reponerme. Entonces me doy cuenta que el “otro” teléfono está sonando.
Miro el número. Ni idea. Quizás sea un cliente. Necesito pasta, pero ¡ya!
Por la voz ya sé que no me va a gustar.
—Sí, soy Sara —siempre uso ese nombre.
—Necesito una de dolor —dice una voz autoritaria, de esas que se usa en despachos con moqueta—. Es alguien a quien voy a despedir la semana que viene. Quiero que sea… intenso.
Sigo andando. La gente que pide dolor siempre quiere que sea intenso, como si el sufrimiento se pudiera medir.
—No hago eso.
—Pago lo que sea —dice como si lo tuviera preparado.
—No es cuestión de precio —contesto tajante.
Cruzo la calle pendiente de que mi voz suene seria, un coche me pita y le hago un gesto con el dedo.
—Ahora me dirás que tienes valores…
—Yo recojo, no someto, señor. Si quiere hacer llorar a alguien, contrate a otro. Hay mucho hijo de puta con menos escrúpulos y mejores tarifas.
Cuelgo antes de que conteste. Es la única línea que no cruzo, y cuando la digo en alto, me recuerda que, a pesar de todo, sigo unas normas, aunque luego sienta que he perdido el sueldo de todo un trimestre.
Registro el número de teléfono como “mal cliente Balmes”.
Al girar la esquina la veo.
Sentada en la parada del 22, está sola mirando el móvil y con la mano se airea la cara para no llorar.
Reconozco la cara de la chica como una adicta reconoce el olor de una pastelería. No es pena. Es lo otro. Llora mordiéndose los labios, mirando al cielo y orgullosa. Tal y como se llora al recibir una buena noticia. Se ríe entre llantos. Mira la pantalla, da saltitos con las rodillas y vuelve a mirarla.
Por la edad debe ser un aprobado a algo así. Le debe de haber costado lo suficiente como para que le dure. Me apuro, no pienso perderme una lágrima de este calibre.
Miro a ambos lados. Estoy de suerte y el bus tardará en llegar diez minutos cómo mínimo. Lo he mirado.
—¿Buenas noticias? —pregunto con la sonrisa puesta. La de oreja a oreja. Esta no me cuesta nada interpretar, porque no la siento.
Ella se gira medio avergonzada, y asiente sin poder hablar todavía. Me enseña la pantalla como quien enseña la foto de su nieto. No leo lo que pone, me da igual. Lo que me interesa es la lagrimota que se le escurre por la mejilla.
—Enhorabuena —digo efusiva.
Le pongo una mano en la mejilla. Un gesto de madre o de abuela. Ella se deja, porque la gente feliz se deja tocar. La felicidad vuelve mansa a la gente.
La yema de mi dedo recoge la lágrima y la guardo en la tela nueva de la uña. No lo nota. Nunca lo notan. Abro los brazos y la aprieto contra el pecho. Es un abrazo corto, de esos que das a quién acabas de conocer y sabes que no volverás a ver. Aprovecho para guardar la lágrima. Ya está.
—Gracias —dice, y se ríe otra vez—. Perdona, no sé ni para que te lo cuento.
—Porque las buenas noticias se cuentan hasta a las farolas —sonrío.
Me levanto. Me guardo la mano en el bolsillo del abrigo, donde llevo lo que llevo, y decido que hoy no la voy a usar. Esta me la guardo. Uno nunca sabe qué día va a necesitar acordarse de cómo se siente una buena noticia.
El 22 se la lleva. Yo sigo a pie. Vivo cerca.
Subo las escaleras con ansias para guardarla a buen recaudo antes de que se oxide. Abro la puerta de casa y tiro el abrigo encima del sofá.
Ya, dentro del pequeño laboratorio de luces rojas que me hice hace dos años, la traslado con cuidado al pequeño frasco y la etiqueto: “chica uni - muy buena”.
Levanto el frasco y lo miro sonriendo. Abro la pequeña neverita, y la guardo en el primer estante.
No tengo muchas, antes sí que consumía más. Ahora solo guardo pequeños frascos como quien guarda cuatro botellas de tempranillo para si un día decide darse un lujo.
El otro estante está reservado para los clientes. Algunos pagan, otros no.
Antes de cerrar la nevera oigo las llaves de la puerta. Debo darme prisa.
La ladrona de lágrimas
de Carles Gòdia
En un mundo donde las lágrimas se roban y se consumen, ya que ninguna puede mentir, Sara Belmonte vive de apropiarse de las emociones ajenas. Hace años que dejó de sentir. Ahora solo tiene un objetivo: sacar de Barcelona a Lola, su hermana enferma. Un cliente anónimo le ofrece 60.000€ por una sola lágrima de Vera Sans, la novia más envidiada del país. Sara tendrá tres meses para infiltrarse en su vida como wedding planner y conseguirla el día de su boda. Pero Vera no es la mujer que esperaba. Tras su aparente vida perfecta se esconde alguien capaz de despertar emociones que Sara creía muertas. Para salvar a su hermana tendrá que traicionar a la única persona que ha logrado hacerla sentir. Porque nada es más puro que una lágrima. Ni más cruel que robarla.
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Capítulo 1
Contenido para adultos
El autor ha indicado que este libro contiene escenas para mayores de 18 años.
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