Tomás supo que algo iba mal en la casa antes de abrir la puerta, porque desde el portal no se oía el reloj de pie del recibidor, y ese reloj llevaba setenta años sonando.
Zamora estaba gris aquella tarde de noviembre. El Duero bajaba crecido, con un color de café con leche, y los soportales de la plaza olían a castañas y a humedad. Tomás había llegado en el tren de las tres, con una maleta pequeña y la intención de quedarse lo justo: firmar papeles, hablar con la agencia, vaciar lo que hubiera que vaciar. Su padre había muerto el martes. El entierro había sido el jueves. Entre una cosa y otra, él había tenido tiempo de no llorar ni una sola vez.
La llave giró con dificultad. Dentro, el aire era espeso, quieto, como si la casa llevara días conteniendo la respiración.
El reloj de pie estaba parado. Las agujas marcaban las cuatro y diecisiete.
Tomás lo miró un rato. Luego dejó la maleta en el suelo y avanzó por el pasillo encendiendo las luces una a una. El reloj de cuco de la cocina: las cuatro y diecisiete. El despertador de la mesilla de su padre, el de esfera fosforescente que de niño le daba miedo: las cuatro y diecisiete. El reloj de pulsera dentro del cajón, el de bolsillo de su abuelo en la vitrina, incluso el pequeño reloj del horno, con sus números verdes. Todos detenidos en el mismo minuto.
No era una avería. Alguien los había parado a mano, uno por uno.
Se sentó en el sofá del salón, el de terciopelo marrón donde nadie se sentaba nunca, y por primera vez desde la llamada del hospital notó algo parecido a la pena. O quizá fuera solo cansancio. En aquella casa había aprendido muy pronto que las cosas importantes no se nombraban: se rodeaban, como se rodea un mueble en la oscuridad.
Su madre había muerto cuando él tenía nueve años. Su hermana Elvira se había ido a Argentina a los veinte y apenas llamaba. Su padre había pasado las últimas tres décadas leyendo el periódico en aquella misma butaca, con la radio puesta, sin preguntar nada y sin contar nada.
Tomás se levantó y abrió el primer cajón del aparador. Manteles. Servilletas bordadas. Un juego de cubiertos de plata envuelto en papel de seda. Debajo, una caja de lata de galletas danesas.
Dentro no había galletas.
Había fotografías, decenas, todas del mismo día de verano. Su madre joven, riendo, en la orilla del río. Elvira con un vestido amarillo. Un niño que debía de ser él, con un flotador en la cintura.
Y un cuarto niño, más pequeño, al que Tomás no había visto nunca.
En el reverso de cada foto, con la letra de su padre, la misma inscripción: 4:17.
Fin del capítulo 1