Mi abuela Pilar decidió escribir sus memorias el mismo día en que el médico le dijo que ya no debía conducir.
—Si no puedo ir a ningún sitio —me dijo por teléfono—, al menos voy a volver a todos los que he estado.
Tenía ochenta años, una casa de piedra en las afueras de Ourense y una caja de lata de galletas danesas que nadie en la familia había visto abrir nunca. Yo tenía veintiséis, un máster en Historia que no me servía para pagar el alquiler y la costumbre de decir que sí a todo lo que me pedía mi abuela. Por eso, aquel otoño, empecé a bajar de Santiago cada viernes para ayudarla.
La primera tarde me esperaba en la cocina, junto a la ventana que da al huerto, con la caja abierta sobre el hule de cuadros.
—Son las recetas de mi madre —dijo—. Las escribía en estas cuartillas porque el papel era caro y no se podía desperdiciar nada.
Eran cientos. Fichas amarillentas, dobladas, con manchas de aceite y de algo que parecía vino. Caligrafía picuda, tinta violeta. Empanada de zamburiñas. Filloas de sangre. Bica de Trives, la buena. Mi abuela les dio la vuelta una por una, con cuidado, como quien gira a un niño dormido.
—Por detrás están en blanco. Ahí voy a escribir yo.
—¿Por qué no en un cuaderno, abuela? Te compro uno.
Me miró por encima de las gafas con esa paciencia antigua que me hacía sentir de diez años.
—Porque lo que quiero contar empieza en la cocina de mi madre, Martín. Y tiene que quedarse al lado de su letra.
Durante semanas, ella escribió y yo transcribí. Hablaba de las fiestas de San Martiño, de la lluvia que no paraba nunca, del primer baile en el casino del pueblo. Recuerdos amables, de los que se cuentan en las sobremesas. Yo los pasaba al ordenador sin prestar demasiada atención a la otra cara de las fichas.
Hasta que una noche, ya en Santiago, me fijé en una receta de rosquillas de anís. En el margen, con la misma tinta violeta, mi bisabuela había anotado los tiempos de horno: salir antes del alba, veinte minutos hasta el puente, no mirar atrás.
Ninguna rosquilla tarda tanto en hacerse.
Saqué las demás fichas transcritas y las extendí sobre la mesa. En los márgenes de todas había algo. Horas. Distancias. Nombres de pueblos que llevaban hacia la frontera con Portugal.
Mi bisabuela no había escrito un recetario. Había escrito un mapa.
Fin del capítulo 1