A las 11:47 de un martes de noviembre, la joyería Ferrán e Hijos, en el número 112 de la calle Alcalá, dejó de ser una joyería y se convirtió en un problema.
Julián Arteaga se enteró por la radio del coche, atascado en la glorieta de Manuel Becerra, con un café de máquina enfriándose entre las piernas. Cuando llegó, la policía ya había cortado la calle desde Goya hasta Velázquez, las lunas de los escaparates seguían intactas y una docena de vecinos grababa con el móvil desde los balcones como si aquello fuera una procesión.
—Cuatro rehenes y dos atracadores, que sepamos —le resumió la inspectora Molina mientras le ponía el chaleco—. Saltó la alarma silenciosa antes de que acabaran. Han bajado la persiana metálica y no quieren hablar con nadie. Bueno, con nadie no. Han pedido por ti.
—¿Por mí? ¿Por mi nombre?
—Por tu nombre y tu apellido. Y por tu número de placa.
Julián no contestó. Llevaba diecinueve años negociando con gente que no quería negociar, y había aprendido que las sorpresas, en ese oficio, nunca eran buenas noticias.
Le dieron el teléfono de campaña. Al otro lado sonó una voz joven, nerviosa, que intentaba parecer tranquila sin conseguirlo.
—Arteaga.
—Aquí estoy. Dime cómo te llamo.
—No me llames. Escucha. Esto no tenía que salir así. Teníamos un plan.
—Los planes fallan. Por eso estoy yo aquí. ¿Están todos bien ahí dentro?
Hubo un silencio largo, y luego un ruido de fondo, como si alguien tapara el auricular con la mano y discutiera en voz baja. Julián cerró los ojos para escuchar mejor. Contó voces. Una mujer mayor que rezaba. Un hombre que respiraba demasiado deprisa. Otra voz, más grave, que no sonaba asustada en absoluto.
—Están bien —dijo por fin el chico—. De momento.
Molina le pasó una tablet con los nombres que había facilitado la aseguradora: Remedios Ferrán, la dueña, setenta y un años. Óscar Lledó, el dependiente. Una clienta, Irene Salvatierra, que había entrado a recoger un anillo arreglado. Y un mensajero, Iván Cortés, que estaba firmando un albarán en el mostrador cuando todo empezó.
Cuatro personas normales con un martes normal.
Entonces el chico volvió a hablar, y esta vez no sonaba nervioso. Sonaba aterrado.
—Arteaga, hay algo que tienes que saber. Nosotros no elegimos esta joyería. Nos la dieron. El que montó todo esto está aquí dentro con nosotros, haciéndose pasar por rehén. Y acaba de decirnos que, si no salimos antes de la una, no sale nadie.
Julián miró el reloj de la farmacia de enfrente.
Eran las 12:04.
Fin del capítulo 1