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Portada de El verano que aprendimos a mentir
Romántica 296 páginas Ejemplo412 votos ficticios

El verano que aprendimos a mentir

de Carla Ibarrola

Mar y Leo se juran, a los diecisiete, que nunca volverán a pisar el pueblo. Doce años después, un testamento les obliga a pasar juntos un último verano en la casa de la abuela. Ninguno de los dos ha olvidado la mentira que los separó.

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Capítulo 1

La última vez que Mar pisó Valdeolmos tenía diecisiete años, una mochila a medio cerrar y la certeza absoluta de que no volvería nunca.

Doce años después, la carretera seguía teniendo las mismas curvas, el mismo olor a hinojo y polvo caliente, el mismo cartel oxidado que alguien había agujereado a perdigonazos en otra vida. Mar bajó la ventanilla del coche alquilado y dejó que el aire de julio le entrara a bocanadas. Había jurado que no sentiría nada. Llevaba cuarenta kilómetros incumpliendo la promesa.

El notario había sido claro por teléfono. La casa de la abuela Remedios no podía venderse, ni alquilarse, ni dividirse, hasta que los dos herederos hubieran pasado en ella el verano completo. Del uno de julio al treinta y uno de agosto. Juntos.

—Es una cláusula poco habitual —había dicho el hombre, con la voz de quien lleva toda la mañana repitiéndola—, pero perfectamente válida.

Los dos herederos. Mar había tenido que sentarse en el suelo de su piso de Madrid cuando oyó el otro nombre.

La casa apareció al final del camino de tierra, blanca y achaparrada, con la parra trepando por la fachada como si quisiera tragársela. Las contraventanas verdes estaban abiertas. Había un coche aparcado bajo la higuera, un todoterreno con matrícula de Barcelona y una pegatina de surf medio despegada en el cristal trasero.

Así que había llegado primero. Claro que había llegado primero.

Mar apagó el motor y se quedó un momento con las manos en el volante. Desde allí se oían las chicharras y, más lejos, el rumor del río donde aquel último verano se habían bañado hasta que se hacía de noche y no se veían los pies en el agua. Donde él le había dicho una cosa y ella le había contestado otra, y ninguno de los dos había dicho la verdad.

La puerta de la casa se abrió.

Leo salió al porche con una caja de cartón en los brazos y se detuvo en seco al verla. Estaba más alto, o quizá solo más ancho de hombros. Llevaba el pelo más corto y una barba de varios días que le endurecía la cara. Pero los ojos eran los mismos, y la manera de mirarla, como si ella fuera una pregunta que nunca había conseguido resolver, también.

—Hola, Mar.

—Hola.

Durante un segundo larguísimo ninguno de los dos se movió. Luego Leo dejó la caja en el suelo y se pasó la mano por la nuca, un gesto que ella habría reconocido entre mil.

—Antes de que entres —dijo—, tienes que saber una cosa. La abuela dejó una carta para cada uno.

Hizo una pausa.

—Y la mía habla de aquella noche.

Fin del capítulo 1

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Sobre el autor

Carla Ibarrola

Profesora de inglés en Bilbao. Escribe historias de amor con segundas oportunidades y finales que se hacen esperar.