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Portada de El último mapa de Elarión
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El último mapa de Elarión

de Rubén Castellví

El reino de Elarión cambia de forma cada luna y solo los cartógrafos del gremio saben dibujarlo. Cuando el último de ellos muere sin aprendiz, una contrabandista analfabeta hereda su pluma y la obligación de trazar el mapa antes del eclipse.

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Capítulo 1

El maestro Odrán murió un martes, a la hora en que los caminos de Elarión empezaban a moverse, y lo último que hizo en este mundo fue cerrarle a Saira los dedos alrededor de una pluma.

Ella no la quería. Era una pluma de garza, negra en la punta, con el cañón pulido por cuarenta años de uso, y pesaba más de lo que una cosa tan pequeña tenía derecho a pesar. Saira la sostuvo como se sostiene un pez recién sacado del agua, con desconfianza y con miedo a que se le escurriera, mientras el viejo la miraba desde la cama con unos ojos que ya no veían la habitación.

—No sé escribir —le dijo—. Ni leer. Firmo los recibos con una cruz y a veces me sale torcida.

—Para dibujar no hace falta escribir —susurró Odrán—. Hace falta mirar. Y tú llevas toda la vida mirando por dónde se escapa la gente.

Después dejó de respirar, sin ceremonia, como quien cierra una puerta por la que ya no piensa volver a pasar.

Saira se quedó un rato sentada en el taburete, escuchando cómo crujían las vigas del torreón. En Elarión todo crujía al anochecer de luna nueva. Los ríos cambiaban de cauce con un ruido de sábanas sacudidas, las colinas se desperezaban y los bosques se desplazaban media legua hacia el norte o hacia el sur, según les diera. Por eso existía el gremio. Por eso, cada mes, los cartógrafos subían a sus torres y trazaban el reino nuevo para que los mercaderes no se perdieran, para que los ejércitos no se ahogaran en lagos recién nacidos y para que los niños supieran volver a casa.

Ella siempre se había ganado la vida en los huecos que dejaban esos mapas: los senderos que aún no figuraban, los pasos que nadie vigilaba porque nadie sabía que existían. Una contrabandista sin mapa era solo una mujer perdida con un saco de sal a la espalda.

Ahora no quedaba ningún cartógrafo. Odrán había sido el último, y no había querido aprendiz porque, decía, ninguno miraba lo bastante bien.

Sobre la mesa esperaba un pliego en blanco, tan grande como una puerta. Junto a él, el tintero abierto y un calendario de cobre con una muesca marcada a fuego: el eclipse, dentro de nueve noches.

Saira dejó la pluma encima del papel solo para librarse de ella.

La pluma no se quedó quieta. Rodó despacio, sola, hasta el tintero, se hundió en la tinta y volvió al pliego. Y allí, con un trazo tembloroso que no era de nadie, empezó a dibujar el contorno exacto de su aldea. Luego, lentamente, empezó a borrarlo.

Fin del capítulo 1

Sobre el autor

Rubén Castellví

Diseñador de juegos de mesa en Castellón. Lleva media vida dibujando mapas de lugares que no existen.