La primera vez que Elías Barsa giró el reloj de arena de Sinaí, el mundo retrocedió una hora y en algún lugar de la ciudad una anciana olvidó para siempre la tarde en que iba a reconciliarse con su hijo.
Pero eso Elías no lo sabía todavía.
Lo único que sabía era que había robado el objeto más valioso del Museo de las Arenas de Qadesh, que la guardia del Archivo le pisaba los talones y que su hija Nur llevaba nueve días ardiendo de fiebre en un catre del barrio de los tintoreros. Lo demás, las leyendas, las advertencias grabadas en el pedestal de basalto con letras que nadie sabía leer, le traía sin cuidado. Los ladrones no leen las advertencias. Si las leyeran, no serían ladrones.
El reloj no era grande. Cabía en las dos manos y pesaba menos de lo que parecía, con su armazón de bronce verdoso y sus dos ampollas de un cristal tan antiguo que había adquirido un tono ambarino, como la miel vieja. Dentro, la arena no era dorada ni blanca, sino de un gris plateado que se movía despacio, con una pereza casi viva.
Elías se escondió en la azotea de un almacén de especias, entre sacos de comino y cúrcuma, y esperó a que los pasos de la guardia se alejaran. Después sacó el reloj de debajo de la capa.
—Una hora —murmuró—. Solo necesito una hora.
Una hora antes, el curandero del templo había pasado por su calle sin detenerse porque nadie le había abierto la puerta. Una hora antes, Elías estaba en el mercado, regateando por una medicina falsa, en lugar de estar en casa con Nur. Si podía volver a ese momento, solo a ese, lo haría todo bien.
Giró el reloj.
No hubo destello ni trueno. La arena empezó a caer hacia arriba. El aire se volvió espeso, con un olor a piedra mojada, y la ciudad entera pareció tomar aire y retenerlo. Cuando Elías volvió a parpadear, el sol estaba más alto. Desde la calle, abajo, llegaba la voz del curandero preguntando por la casa del ladrón.
Elías se rio, solo, entre los sacos de especias, con lágrimas en los ojos.
No vio, porque estaba mirando hacia la calle, que en la base del reloj se había iluminado una muesca diminuta. Ni que, al otro lado de Qadesh, en lo más hondo del Archivo, una mujer con los ojos vendados acababa de levantar la cabeza de su mesa.
Delante de ella había un libro de cuentas abierto, con columnas de nombres y horas. Mojó la pluma en tinta y anotó, con letra pequeña y firme, la primera línea.
—Una —dijo en voz alta—. Ya ha empezado.
Fin del capítulo 1