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Portada de El jardín de las cosas perdidas
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El jardín de las cosas perdidas

de Mercedes Olmedo

Todo lo que se pierde en el mundo acaba creciendo en un jardín secreto: llaves, paraguas, promesas. La jardinera lleva cien años cuidándolo, hasta que un día brota algo que nadie había perdido todavía.

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Capítulo 1

Las llaves siempre llegaban de noche, con un tintineo suave, como si les diera vergüenza haberse perdido.

Amaranta las recogía al amanecer, antes de que el rocío las oxidara. Brotaban en el bancal del este, entre los rosales de los relojes parados, con el mismo descaro con que brotan las malas hierbas: llaves de portal, de buzón, de candados de bicicleta, llaves antiguas de hierro con dientes como los de un perro viejo. Ella las desenterraba con cuidado, les quitaba la tierra con un pincel de pelo de tejón y las colgaba de las ramas del almendro grande, donde sonaban con el viento igual que campanillas.

Llevaba cien años haciéndolo. Ciento uno, en realidad, si contaba aquel primer invierno en que llegó al jardín sin recordar cómo, con nueve años y un solo zapato, y una mujer muy alta le puso una regadera en las manos y le dijo que a partir de entonces aquello era suyo.

—¿Y qué crece aquí? —le había preguntado entonces.

—Todo lo que el mundo deja caer.

Era verdad. En el jardín de las cosas perdidas había un huerto de paraguas que se abrían cuando iba a llover en algún sitio lejano. Había un estanque lleno de pendientes desparejados, que brillaban en el fondo como peces. Había un seto de guantes, siempre de la mano izquierda, que nadie sabía explicar. Y al fondo, junto al muro cubierto de hiedra, crecían las promesas: unas flores pálidas, casi transparentes, que se marchitaban si las mirabas demasiado tiempo y que Amaranta regaba solo con agua de lluvia, porque cualquier otra cosa las ofendía.

Conocía cada planta, cada brote, cada objeto. Sabía que los recuerdos olvidados salían en otoño y que los nombres que alguien tenía en la punta de la lengua florecían un instante y desaparecían. Sabía que nada se perdía dos veces. Y sabía, sobre todo, que en el jardín solo crecía lo que ya se había perdido. Esa era la única regla, la más antigua, la que sostenía todas las demás.

Por eso, aquella mañana de abril, se quedó inmóvil delante del bancal de las promesas con la regadera goteándole sobre los pies.

Había un brote nuevo. Era pequeño, de un verde tan intenso que parecía recién inventado, y en lugar de pétalos tenía dos hojas plegadas una sobre otra, como unas manos que se protegen del frío. Amaranta se agachó, apartó la tierra con los dedos y leyó la etiqueta que el jardín colgaba siempre de lo que daba, con su letra fina y torcida.

Había un nombre, una promesa y una fecha.

La fecha era de dentro de seis días.

Fin del capítulo 1

Foto de Mercedes Olmedo

Sobre el autor

Mercedes Olmedo

Jardinera municipal en Córdoba. Asegura que las plantas guardan secretos y que solo hay que saber regarlos.