La puerta llevaba ochocientos años cerrada cuando eligió a Alba Serrano, y Alba llevaba tres horas intentando memorizar la tabla periódica.
Era un jueves de mayo, faltaban veintitrés días para selectividad y su habitación del barrio de Gamonal olía a café frío y a subrayador fluorescente. En la pared, encima del escritorio, había pegado un calendario con los días tachados en rojo y una frase motivadora que su madre le había impreso: El esfuerzo de hoy es el éxito de mañana. Alba la odiaba con toda su alma, pero no se atrevía a quitarla.
—Lantano, cerio, praseodimio —murmuró, con los ojos cerrados—. Neodimio. Pro… prometio.
Fue entonces cuando sintió el frío.
No era el frío normal de una noche de primavera en Burgos, que ya de por sí es considerable. Era otra cosa. Un frío que no venía de la ventana, sino de dentro, como si alguien le hubiera apoyado una mano de piedra en el centro del pecho. Abrió los ojos. El flexo parpadeaba. Sobre los apuntes, la tinta de sus propias notas se había movido, reordenándose sola en unos signos angulosos que no se parecían a ningún alfabeto que conociera.
Alba retrocedió con la silla hasta chocar contra el armario.
—Vale —dijo en voz alta, porque el silencio le daba más miedo—. Vale. Estoy durmiendo poco. Esto es estrés. Lo dice todo el mundo.
Los signos brillaron un instante, con una luz grisácea, y luego se apagaron. En su lugar quedó una sola frase, escrita con su propia letra, en perfecto castellano:
Gaspar ha muerto. La puerta norte te reclama.
Alba no conocía a ningún Gaspar. O eso creyó durante unos segundos, hasta que recordó al anciano que se sentaba cada tarde en un banco del paseo del Espolón, junto a la estatua, siempre con el mismo abrigo de paño y una bolsa de pan para las palomas. Una vez, cuando ella tenía once años y se había caído de la bici, él le había curado la rodilla con un pañuelo y le había dicho una cosa muy rara: que tenía ojos de vigía.
Se levantó, temblando, y se asomó a la ventana. Las farolas de la calle seguían encendidas, los coches aparcados, el bar de abajo bajando la persiana como cada noche. Todo normal.
Salvo por la palma de su mano derecha.
Allí, donde un segundo antes no había nada, se estaba dibujando lentamente, como una quemadura sin dolor, la forma exacta de una llave de piedra.
Fin del capítulo 1