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Portada de El cazador de ecos
Fantasía 364 páginas Ejemplo196 votos ficticios

El cazador de ecos

de Joaquín Membrives

En las montañas de Arrel, los ecos que nadie escucha se convierten en criaturas. Biel caza ecos para venderlos en la ciudad, hasta que uno le habla con la voz de su hermano muerto y le pide que lo deje marchar.

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Capítulo 1

En las montañas de Arrel, el silencio era una mentira, y Biel se ganaba la vida cazando todo lo que se escondía dentro de él.

Salió del refugio antes del alba, con el saco de lona a la espalda y las campanas de cobre colgadas del cinturón, envueltas en trapos para que no sonaran antes de tiempo. La niebla se arrastraba por el fondo del valle como un animal cansado. Arriba, en los collados, el aire era tan limpio que dolía respirarlo. Allí era donde nacían los ecos: en las paredes de roca que nadie visitaba, en los barrancos donde una piedra caía y nadie la oía caer.

Un eco escuchado se apagaba. Uno que nadie escuchaba se quedaba flotando, solo, rebotando de pared en pared, hasta que al cabo de unos días se condensaba y tomaba forma. Los pequeños parecían libélulas de humo. Los grandes, los que nacían de una tormenta o de un desprendimiento, podían tener el tamaño de un perro y unos ojos que brillaban como el hielo al sol.

En la ciudad de Baixamar pagaban bien por ellos. Los ricos los encerraban en jaulas de cristal y los hacían cantar en sus fiestas. Los músicos los compraban para afinar sus instrumentos. Biel no preguntaba demasiado. Desde que murió Pau, preguntaba poco por casi todo.

Llegó al Circo de les Veus a media mañana. Era un anfiteatro natural de granito, con tres paredes cortadas a pico y un lago helado en el centro. El mejor coto de caza de toda la cordillera. También el lugar donde, dos inviernos atrás, su hermano había resbalado en la cornisa mientras le gritaba que se diera prisa.

Biel no miró la cornisa. Se agachó junto al lago, desenvolvió una campana y la hizo sonar una sola vez, muy suave.

El aire tembló. De entre las rocas salieron tres ecos menudos, tímidos, de un azul pálido. Los atrapó con la red sin esfuerzo y los metió en el saco. Luego notó algo más grande moviéndose detrás de él, en la sombra de la pared norte.

Se volvió despacio, con la red preparada.

Era un eco enorme, casi transparente, con la forma vaga de un muchacho. No huyó. Se quedó quieto sobre el hielo, mirándolo, y Biel sintió que se le encogía el estómago.

Entonces el eco habló. No con un sonido cualquiera, sino con una voz que Biel llevaba dos años oyendo en sueños, ronca, un poco burlona, con la misma risa escondida al final de cada frase.

—Has tardado mucho en volver, Biel —dijo la voz de Pau—. Ahora tienes que dejarme ir.

Fin del capítulo 1

Sobre el autor

Joaquín Membrives

Montañero y profesor de música en Lleida. Escribe sobre lo que se oye cuando no hay nadie.