Nerea había prometido no volver al valle, y durante nueve años cumplió esa promesa con la misma terquedad con que su abuelo cerraba las puertas del establo en invierno.
Por eso, cuando el coche de alquiler enfiló la última curva y apareció el caserío de los Etxeberria, blanco y pequeño entre los prados, sintió algo parecido al vértigo. Todo estaba igual. El nogal torcido junto al camino, la fuente de piedra con el musgo verde oscuro, las contraventanas rojas que nadie había vuelto a pintar. Solo ella había cambiado, o eso quería creer.
Su abuelo la esperaba sentado en el banco de la entrada, con la pierna escayolada estirada sobre un taburete y la boina calada hasta las cejas.
—Llegas tarde —le dijo, a modo de saludo.
—He tardado cinco horas desde Madrid, aitona.
—Pues eso. Tarde.
Nerea se rió sin querer y, al abrazarlo, notó lo flaco que estaba bajo el jersey de lana. El médico había hablado de seis semanas de reposo como mínimo. Alguien tenía que ocuparse de él, de las gallinas, de la huerta, de los mil asuntos pequeños que mantenían en pie un caserío. Su madre no podía. Su tía no quería. Y Nerea acababa de quedarse sin trabajo, sin piso y sin excusas.
Seis semanas, se repitió. Seis semanas y luego, otra vez, lejos.
Esa noche, después de la cena, salió al prado con una taza de té. El aire olía a hierba recién cortada y a tierra húmeda. Abajo, en el fondo del valle, empezaban a encenderse las luciérnagas, primero una, luego diez, luego cientos, como si alguien estuviera sembrando estrellas en la hierba. De niña creía que eran las almas de los abuelos que vigilaban el valle. De adolescente, había bajado a verlas cada noche de julio con alguien de la mano.
No quiso pensar en ese alguien.
—Ahora la quesería es suya, ¿sabes? —dijo su abuelo desde la puerta, como si le hubiera leído la mente—. Se la compró al viejo Arregi el año pasado. Hace un idiazabal que quita el sentido.
Nerea no se volvió.
—No me interesa, aitona.
—Ya. Por eso le he dicho que venga mañana a arreglar la cerca.
Ella se giró, despacio, con la taza a medio camino de los labios.
—¿Que le has dicho qué?
Pero su abuelo ya había cerrado la puerta, y en el camino del valle, entre las luciérnagas, unos faros acababan de encenderse.
Fin del capítulo 1