Lo primero que Vera Lennox sintió al morir fue que le picaba la nariz, y lo segundo, que ya no tenía nariz.
No hubo túnel ni luz blanca. Hubo un parpadeo, como cuando se va la corriente en un plató y durante un segundo todo el mundo contiene la respiración. Después, un techo. Era el mismo techo de la clínica de Tántalo en Ginebra, con sus paneles de color crema y su lámpara de diseño, idéntico hasta la pequeña mancha de humedad junto al rincón que ella había señalado, de broma, mientras le colocaban la corona de sensores.
—Si me muero mirando eso, quiero que lo pintéis —había dicho.
El doctor Aizpurua se había reído. Todos se reían con Vera. Era su oficio desde los diecinueve años.
Ahora la mancha seguía allí, pero algo en ella estaba mal. Era demasiado perfecta. Tenía los bordes nítidos, sin degradado, como una textura que se ha cargado deprisa. Vera giró la cabeza y la habitación giró con ella, con medio segundo de retraso.
—Bienvenida, señora Lennox —dijo una voz amable que no salía de ningún sitio—. La transferencia se ha completado con éxito. Hoy es 14 de febrero de 2061. Su cuerpo biológico ha cesado sus funciones según lo previsto. Usted es la primera persona de la historia en continuar.
—Continuar —repitió ella.
Su voz sonaba bien. Sonaba exactamente como en sus películas, que era precisamente lo extraño, porque nunca se había gustado en las películas.
—Está usted en el Entorno de Acogida. Durante las próximas setenta y dos horas adaptaremos sus sentidos. Puede experimentar desajustes leves. Es completamente normal.
Vera se miró las manos. Tenían las uñas pintadas de granate, como la noche de su último estreno. No recordaba haber pedido ese detalle. Se levantó de la camilla, que no crujió, y caminó hasta la ventana. Fuera estaba el lago Lemán bajo un cielo sin nubes, quieto como un decorado. Ningún pájaro. Ningún barco.
Pensó en su hija, en el contrato que había firmado sin leer la letra pequeña, en los cuatrocientos millones que había costado no desaparecer.
—Quiero hablar con el doctor Aizpurua.
—El doctor no está disponible en este momento.
—Pues quiero hablar con alguien.
Hubo una pausa. Breve, pero Vera llevaba toda la vida leyendo silencios ajenos y aquel no era técnico. Era incómodo.
Entonces oyó la puerta a su espalda.
Se dio la vuelta despacio. En el umbral había una mujer con un vestido gris, el pelo recogido y las uñas pintadas de granate. Tenía su cara, su postura, el lunar sobre la ceja izquierda. La miraba con una calma que Vera reconoció de inmediato, porque era la que ponía ella antes de una escena difícil.
—Vaya —dijo la otra Vera—. Me dijeron que tardarías un poco más en despertar.
Fin del capítulo 1