Los lobos empezaron a hablar la noche en que el bosque terminó de arder, y lo primero que dijeron fue el nombre de mi padre.
Yo tenía once años. Lo recuerdo porque aquel otoño me habían regalado unas botas rojas, demasiado grandes, y fue con ellas puestas con las que corrí hasta la linde de Harriz para ver cómo el cielo se volvía naranja. Recuerdo el olor, una mezcla de resina y pelo quemado que se me metió en la ropa durante semanas. Recuerdo a las mujeres del valle rezando en voz baja, a los hombres con cubos que no servían de nada. Y recuerdo, sobre todo, aquella voz.
Salió de entre los troncos calcinados cuando ya amanecía. Una voz grave, rasposa, que no era de nadie que yo conociera.
Bernat, dijo. Bernat, cazador. Tú lo encendiste.
Todos la oyeron. Pero solo yo la entendí.
Han pasado seis años desde entonces y en el pueblo ya nadie sube al bosque. Los árboles nuevos crecen torcidos, negros por dentro, y los lobos se pasean entre ellos con una calma que da miedo. A veces bajan hasta las primeras casas y se sientan en el camino, mirando las ventanas, y hablan. Frases sueltas, nombres, trozos de canciones que alguien cantó hace mucho. La gente cierra los postigos y pone la radio más alta. Dicen que si escuchas demasiado tiempo a un lobo, acabas aullando tú también.
Mi padre no ha vuelto a coger la escopeta. Bebe por las tardes en el porche, con la vista fija en la línea de ceniza que separa el valle de la montaña, y cuando los lobos dicen su nombre finge que no lo oye. Yo sé que lo oye. Se le tensa la mandíbula, como si masticara algo duro.
Esta noche hay luna llena y la nieve ha llegado antes que otros años. Estoy en mi cuarto, con la ventana entornada, porque desde hace un tiempo no consigo dormir si no los escucho. Me avergüenza decirlo. A nadie le he contado que, para mí, sus voces no son ruido. Son palabras claras, frases enteras, como si me hablaran al oído.
Hoy son tres. Los distingo por el tono: la vieja de la oreja partida, el macho gris, y uno joven que no había oído nunca.
Hablan entre ellos, no conmigo. Al principio no les presto atención. Luego el joven dice algo que me hace incorporarme en la cama, con el corazón golpeándome las costillas.
No fue el cazador. Él solo llevaba la cerilla.
Y la vieja responde, muy despacio, mirando hacia mi ventana:
Y el que se la dio va a volver antes del deshielo.
Fin del capítulo 1