El telegrama número cuarenta y siete llegó a la estación de Canfranc el diecinueve de diciembre de 1958, entre dos ventiscas, y Pilar Lacasa supo antes de descifrarlo que no venía para nadie más que para ella.
Lo supo por el ritmo. Al otro lado de la frontera, en algún despacho francés que nunca había visto, la mano que pulsaba el manipulador tenía una cadencia propia, una forma de alargar las rayas como quien estira una palabra para no despedirse todavía. Pilar la reconocería entre mil. Llevaba tres meses escuchándola.
Afuera nevaba sobre los andenes vacíos. La gran estación, con sus trescientas ventanas y su reloj detenido en la torre, parecía un palacio que alguien hubiera olvidado en mitad de las montañas. Los trenes llegaban cada vez menos. Los viajeros, casi nunca. Y sin embargo, cada noche, a la misma hora, el telégrafo despertaba con aquel mensaje que no figuraba en ningún registro oficial.
Pilar apuntó los puntos y las rayas en el cuaderno de hule, con su letra pequeña y apretada. Luego sacó del cajón la cuartilla que guardaba debajo del papel secante, la que tenía el código que habían ido inventando entre los dos, letra a letra, desde aquel primer error de transmisión que no fue un error.
Esta noche he visto el mismo cielo que usted. ¿Ha contado las estrellas sobre el Aspe?
Sonrió sin querer. Era una tontería. Era peligroso. Si el jefe de estación descubría que una telegrafista utilizaba la línea internacional para hablar con un desconocido, la mandarían de vuelta a Jaca sin sueldo y con el expediente manchado.
Respondió de todas formas.
Sesenta y seis años después, Clara Lacasa encontró aquellas cuartillas dentro de una maleta de cartón, en el altillo del piso de su abuela en Huesca. Estaban atadas con una cinta azul descolorida y ordenadas por fecha, cada una con su texto cifrado y, debajo, con lápiz, la traducción.
Clara las leyó todas sentada en el suelo, con el abrigo puesto y la calefacción apagada, mientras afuera anochecía sobre los tejados. Cuarenta y siete mensajes de ida. Cuarenta y seis de vuelta.
El último que su abuela había recibido decía: Mañana cruzo. Espéreme en el andén dos a las once.
No había respuesta.
En el fondo de la maleta, envuelto en un pañuelo, Clara encontró algo más: una hoja con el código completo, escrito con la letra de Pilar, y una nota sujeta con un alfiler.
Si alguien lee esto, que termine lo que yo no me atreví a decir.
Clara miró la fecha del último telegrama. Diecinueve de diciembre.
Faltaban tres días.
Fin del capítulo 1