El tatuaje apareció por primera vez en el brazo de un hombre al que nadie había echado de menos, y Marta Soler estuvo a punto de no fijarse en él.
Eran las seis de la mañana y el Instituto de Medicina Legal de Barcelona olía como siempre a desinfectante, a café recalentado y a algo más que nadie nombraba. Marta llevaba catorce años de forense y había aprendido a trabajar con método, en silencio, sin dejar que la imaginación se le adelantara a las manos. Varón, unos cincuenta años, sin documentación, encontrado en un portal del Raval. Muerte natural, casi con seguridad. Un corazón cansado que había decidido pararse.
Fue al girarle el antebrazo cuando lo vio.
Era pequeño, del tamaño de una moneda de dos euros, en la cara interna de la muñeca. Una línea fina, casi elegante, que dibujaba un círculo abierto con un punto en el centro. Tinta negra, trazo limpio, reciente. No tenía nada que ver con los demás tatuajes del hombre, desvaídos y torpes, hechos en otra vida.
Marta lo fotografió por costumbre. Lo anotó en el informe. Y lo olvidó durante nueve días.
Hasta que apareció en una mujer de treinta años, ejecutiva de una consultora del Eixample, muerta en su cama sin señales de violencia. Y después en un estudiante Erasmus encontrado en la playa de la Barceloneta. Y luego en una jubilada de Sant Andreu que había fallecido en la cola de una farmacia, rodeada de testigos.
Cuatro personas. Ninguna relación entre ellas. Barrios distintos, edades distintas, vidas que jamás se habrían cruzado. Y en las cuatro, el mismo círculo abierto, en el mismo lugar exacto de la muñeca izquierda, con la piel todavía ligeramente enrojecida, como si se lo hubieran hecho pocas horas antes de morir.
—Será una moda —le dijo Ferrer, el inspector de los Mossos, encogiéndose de hombros—. Un grupo de internet, una secta de esas de yoga. La gente se tatúa cualquier cosa.
Marta no respondió. Esa noche volvió a casa caminando bajo la lluvia, por calles que de pronto le parecían llenas de muñecas cubiertas, mangas largas, manos guardadas en los bolsillos. Se descubrió mirando los brazos de los desconocidos en el metro. Se descubrió contando.
El domingo comió en casa de su hermana Laia, en Gràcia, como cada mes. Hubo vino, risas, la radio de fondo. Laia llevaba un jersey fino de manga larga a pesar del calor del piso, y cuando se levantó a retirar los platos, la tela se le subió unos centímetros por el brazo.
Marta dejó de oír la conversación.
Laia se dio cuenta de dónde estaba mirando y se bajó la manga despacio, con una sonrisa tranquila que su hermana no le había visto nunca.
—No preguntes —susurró—. Todavía no.